Los poemas emergen de las emociones más puras.
Popularmente se persiguen los de amor.
No nos engañemos: el amor es una utopía… al menos aquel que promete la libertad de ser.
Prefiero escribirle a las emociones que me alejan del sueño, a las que no me permiten dormir sobrio.
Violentas nubes negras sobrevuelan mi cabeza.
Me congelan el corazón.
Oscuras.
Ruidosas.
Son acarreadas por fantasmas que gritan sin parar.
La oscuridad me envuelve.
Ciego.
Sombras.
Dolor.
No hay salida de emergencia.
No hay puerta marcada en este laberinto.
A lo lejos veo tu reflejo.
Desnuda.
Triste.
Hermosa.
Estirás el brazo,
pero la tormenta es impenetrable.
Me aterra que los rayos te alcancen,
que te sumerjan en un mar iracundo y turbio
y te hagan daño.
Pero ya pasa.
Ya no siento nada.
Las nubes se partieron.
Las aguas se aquietaron.
Y se perdió tu reflejo.
La tormenta te arrastró a lugares lejanos,
a lugares seguros,
donde mis tormentas ya no pueden encontrarte.
Esas voces desaparecen,
me dan una tregua.
Sobrevivo.
Lucho durante el día
para volver a vos en la noche.
Solitario,
Un lobo que hace rato se perdió de la manada.
Y ahí
me pierdo otra vez.
En tu piel,
en tu aroma,
en las líneas de tu cuerpo.
Toda razón muere.
Todo sentimiento nace.
Y llegamos juntos, al fin,
a ese lugar
donde el mundo
no nos puede alcanzar
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