Los poemas emergen de las emociones más puras.
Popularmente se persiguen los de amor.
No nos engañemos: el amor es una utopía… al menos aquel que promete la libertad de ser.
Prefiero escribirle a las emociones que me alejan del sueño, a las que no me permiten dormir sobrio.
Esta mañana desperté con miedo.
Miedo a que la vida no me sorprenda,
a vivir preso en mi zona de confort,
a perder mi intensidad.
Amanecí con miedo a conformarme,
a relajarme,
a perder la valentía.
A caer en las garras de esta sociedad,
a volverme esclavo de mi intelecto,
a no intentar la vida.
A no volver a subirme a un avión.
A descubrir que la magia no existe.
Tengo miedo
de estar muerto
y no haberme dado cuenta.
Si Dios pensó este mundo,
Dios es un cínico.
Enviar a su criatura más preciada
al dolor,
al hambre que no sacia,
al vacío que no responde…
¿Qué puedo esperar del resto,
si el Padre fue el primero
en reírse de mí?
Me di cuenta tarde, algo no andaba bien; perdí el control y mi mundo dejó de ser mío.
No fue revelación, fue una sucesión de hechos, de actos ajenos, desconocidos, que no hablaban mi lenguaje, que no eran parte de mi humanidad.
Ahí comenzó la pérdida, y lo supe… lo sentí… pero tarde… demasiado tarde.
Aprendí a mirarte mientras dormías, como quien contempla una obra de arte; a rozar tu piel sin más intención que eternizar tu figura; a escucharte con toda mi atención, incluso cuando hablabas de mundos que no eran míos.
Pero eso no fue lo peor. La última gota, la que quebró el vaso, fue desear tu felicidad, aunque no me llevara contigo.
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