ROBERTO EZEQUIEL RAPETTI

BIOGRAFÍAPOEMASCUENTOS

Cuentos, relatos, historias.

Todos tienen algo de real en un mundo de fantasía.

Aunque, quizás, el mundo que llamamos realidad no sea del todo real, y estas historias no sean del todo fantasía.

Al final, toda historia es apenas un espejo deformado donde la vida se reconoce a sí misma.

Nostalgia

En mi infancia, nunca me preguntaron adónde quería ir de vacaciones. Si me gustaba más la montaña o el mar. Esas decisiones no se consultaban como hoy lo hacemos con nuestros hijos. ¿Para qué iban a preguntarme si, en el fondo, ni siquiera sabía que en nuestro país había montañas?

Durante muchos años pensé que el único destino posible era la costa. La costa… y nada más.

La rutina empezaba unos días antes de salir. Se elegía la fecha y el horario, y mamá se encargaba de preparar todo: valijas, alimentos para el viaje y cualquier otro detalle necesario para que la familia estuviera lista. Papá, por su parte, trataba de descansar un poco más esos días, para acumular energías suficientes para tan largo viaje.

Nunca íbamos solos. Abuelos, tíos y primos eran parte del paquete vacacional. Cuando llegaba el día tan esperado, toda la logística estaba afinada; cada uno sabía qué tenía que hacer. A mí solo me daban una responsabilidad. Una sola. La pelota.

El día anterior la dejaba lista, en mi pieza, al lado de los botines. No usaba zapatillas: mi vieja estaba harta de que las rompiera jugando en terrenos no aptos. Por eso, por esa época, todos mis calzados eran botines. Los días previos sufría una ansiedad que me apretaba el pecho. No hablaba de otra cosa.

El vehículo era una camioneta Ford F-100 modelo 1972 con motor Perkins. Hasta el día de hoy no tengo idea de qué significa Perkins, pero cuando se hablaba de la chata, la descripción era siempre la misma. El cuentakilómetros dejó de funcionar de mareado que estaba. Era color celeste, aunque ya mostraba largas manchas marrones, heridas del óxido que se expandía con los años.

La cabina se mantenía bastante bien. Tenía una radio vieja con dos perillas que solo sintonizaba interferencias y una butaca de cuero entero, sin cinturones ni divisiones, que en los días de sol era directamente una trampa mortal: si te sentabas, te quemabas.

El momento de salir era una ceremonia sagrada. Primero se subían dos colchones a la caja de la camioneta: hacían de asiento improvisado. Después venían los bolsos con ropa y las bolsas repletas de productos —servían para amortiguar gastos—. Una vez cargado todo, subía yo con mi pelota y, detrás, el resto de la familia.

Justo antes de arrancar, el conductor —papá— hacía una sola pregunta: «¿Subieron el mate?». Nada más parecía importarle. La distribución de los asientos era inamovible: él manejaba, mamá y la abuela se sentaban adelante, y el resto, sin importar cuántos fuéramos, viajábamos en la caja.

La chata andaba bien, pero no pasaba los 70 km por hora. El viaje duraba unas doce horas, contando descansos, paradas para ir al baño y las inevitables demoras. Durante las primeras curvas, la caja cobraba vida propia: los objetos y los humanos se reacomodaban como podían.

Los bolsos, antes perfectamente apilados, empezaban a caer y había que esquivarlos. La pelota, como en un picado callejero, iba de un lado al otro. Pero después de unas curvas, todo encontraba su equilibrio y podíamos seguir tranquilos.

No voy a mentir: el viaje era agotador. Pero cuando entrábamos a la ciudad balnearia, sentía que volvía a nacer. Me desesperaba por ver el mar. Y mi viejo lo sabía. Por eso, antes de llegar a la casa, daba una vuelta por la costanera. Y yo… yo lloraba de emoción.

Hoy, treinta años después, conozco muchos rincones del planeta. Tengo la suerte —y los recursos— de vacacionar en cualquier parte del mundo. Sin embargo, jamás volví a sentir aquella ilusión, aquella esperanza, aquel aluvión de energía al ver el mar por primera vez.

Ojalá algún día, aunque sea por unos segundos, pueda volver a sentirme como aquel niño, mirando la inmensidad del mar desde la pequeña ventana de la chata.

Gravedad

Volví después de un tiempo lejos de casa. Me vi obligado a volar. Vivía en una cárcel: un cubículo de cemento con una ventana diminuta, incapaz de mostrarme el horizonte. Tantas ideas de conformismo oxidaron mis alas hasta dejarlas inútiles.

Vivía con los ojos vendados, en una catarata constante de sucesos conocidos. Dos cosas me mantenían respirando en esa rutina mediocre: escribir hasta la madrugada —con un par de medidas de whisky— y fumar marihuana para acallar las voces que hablaban, al mismo tiempo, dentro de mi cabeza. Voces en idiomas que no comprendo.

Con las alas rotas, casi tan dañadas como mis sueños, no me quedó otra que subirme a un avión. Cuando puse el primer pie en el pasillo, sonreí. Por fin podía volar.

A 12.000 metros de altura, con el rugido de las turbinas sosteniendo seiscientas toneladas de hierro en el aire, la perspectiva cambia. Después de diez horas encajonado en una silla mínima, el cuerpo recuerda sus límites. El cuerpo se fatiga, la presión en la cabeza crece, los músculos se tensan, el aire se vuelve denso.

Todo se olvida cuando el avión aterriza, cuando los pies tocan tierra lejana. Queda, eso sí, un susurro: «Estás lejos de casa». No ordena volver. Solo se hace sentir. Y con cada día su volumen sube, imperceptible pero firme.

Me creí libre. Navegué por el Támesis, el Danubio y el Vístula. Crucé Ámsterdam en bici, visité museos y la zona roja. Crucé el Canal de la Mancha, caminé por Abbey Road. Visité el Parlamento húngaro y el castillo de Buda.

Comí tapas en Madrid, conocí el amor en Barcelona, me embriagué en Praga, lloré en Cracovia. Toqué el Mediterráneo, el Caribe, el mar argentino. Caminé por Atenas y escuché las palabras, aún resonando, de Sócrates, Platón, Epicuro… el susurro de Atenea.

Crucé a Bolivia y volví por la Ruta 40, bordeando precipicios. Viajé a Cartagena y seguí hasta Houston. No llegué a Canadá, y de Cagliari solo me dijeron horrores. Fui a ver al Papa: no me atendió. Recorrí la cuna del imperio más grande de la historia, tan impresionante como la ópera de Viena.

Cuando me cansé de sociedades ordenadas y trenes puntuales, viajé al pasado. Setenta años atrás: La Habana. Pero el susurro ya era voz: «Estás lejos de casa».

Los viajes se volvieron rutina. Despertar sin saber en qué país estaba, qué ferry me llevaba a dónde, dejó de ser aventura y pasó a ser automático. Y lloré cuando entendí que el problema no era la rutina, no era el mundo. Era yo.

Esta necesidad ardiente, tóxica, de buscar algo superior, algo extraordinario. Cada vez que parecía acercarme, era solo un espejismo. El susurro fue grito: «¡Estás lejos de casa!».

¿Pero qué casa? No soy nacionalista. Las fronteras me parecen absurdas. Nadie puede decirme dónde puedo habitar. No extrañaba a mi tierra ni a mis padres. Sin embargo, el grito era insoportable. Regresé. No para volver. Para callarlo.

El vacío seguía ahí. Llegué dos horas antes al aeropuerto. Café. Trece horas después, Buenos Aires. No sabía si sentía alivio o tristeza. El grito se había callado, al menos por ahora.

Retiré la valija y caminé hacia la salida. Las manos me sudaban. Respiré hondo. No era físico.

Crucé la última puerta, esa que da al McDonald's de Ezeiza, con la cabeza gacha. Paso a paso, perdido en sensaciones que no entendía. Y entonces la vi.

Una pequeña figura corría hacia mí. Diez, tal vez once años. Rulos desordenados bailaban a los costados de su cabeza. Sus ojos, con un brillo nostálgico e inocente, cargaban una emoción que luchaba por no desbordarse. Una lágrima se escabulló por su mejilla.

Miré detrás mío: nadie. Había cruzado ya veinte metros, decidida, sin detenerse. Mis pies se clavaron al suelo.

Los últimos metros los recorrió con zancadas enormes, preparando el salto. Y entonces lo supe: mi alma reconoció a la suya.

Saltó y me abrazó con una fuerza que me rompió y me reconstruyó al mismo tiempo. Y lloré. Con todo el cuerpo.

Todo lo que perseguía dormía a cuatro metros de mi cama.

Ahora lo sé: sos vos mi refugio, mi tierra, mi fuerza de gravedad. Solo un abrazo bastó para mostrarme que el viaje que tanto anhelaba no estaba afuera.

Siempre estuvo acá.

No hay comentarios aún.