ROBERTO EZEQUIEL RAPETTI

BIOGRAFÍAPOEMASCUENTOS

Cuentos, relatos, historias.

Todos tienen algo de real en un mundo de fantasía.

Aunque, quizás, el mundo que llamamos realidad no sea del todo real, y estas historias no sean del todo fantasía.

Al final, toda historia es apenas un espejo deformado donde la vida se reconoce a sí misma.

Éxito

Un día de algún mes, de algún año atrás, se cruzaron dos compañeros de la facultad. Habían pasado veinte años y ambos se encontraban en lo que podríamos decir era la mitad de sus vidas.

Uno de ellos era muy exitoso: Juan. Pujante clase media alta. Gerente. Buen trabajo, buenos ingresos. Continuaba estudiando para no perder competitividad. Casado, dos hijos varones —de ocho y doce años— y un perro. Uno de esos chiquitos, con la cara aplastada. Chester eligieron de nombre.

El otro, Fernando, no logró el mismo éxito. Trabajaba algunas horas como profesor y sus ingresos no eran envidiables. Estaba de novio, tenía una hija de ocho años y también un perro. Pero no de marca; más bien de esos que te encontrás en la calle, muertos de hambre, y decidís rescatar. De esos caninos sin religión ni pedigrí.

Solo coincidían en la carrera y en el perro.

Se cruzaron a las ocho de la mañana, en Córdoba y Azcuénaga. A una cuadra de la universidad que los formó y preparó para la vida profesional y, por qué no, para la vida en todas sus formas.

Juan vestía un traje gris, sin corbata, zapatos negros. El pelo bien corto, barba prolija y marcada. En su rutina de hombre de negocios guardaba una hora por semana para visitar al barbero y estar siempre presentable para los demás. Cargaba una mochila negra con el nombre de una empresa multinacional. Tenía el pelo húmedo, olía a perfume importado y llevaba un vasito de Starbucks con su nombre escrito en fibrón. Recién bañado, salía de su rutina matutina de ejercicios para dirigirse a las oficinas situadas en Puerto Madero.

Fernando, por su parte, no tenía tan buen aspecto. Desprolijo. Pelo algo largo, peinado a mano; barba entre canosa y negra. Vestía un pantalón deportivo, remera negra y zapatillas de lona. No llevaba un café con su nombre ni olía a perfume importado. Parecía tener la mirada perdida: miraba al cielo, a la calle y a su perro. Llevaba una correa corta. El canino era mediano, de pelo negro y blanco, que le tapaba parte de la cara y un poco los ojos. Se llamaba "El Negro". Era un nombre compuesto e incluía un artículo.

Apenas a unos metros de la avenida Córdoba, se encontraron.

Fernando —Hola, hermano. ¿Cómo andás? Tanto tiempo. Estás igual. —Por dentro pensó en lo trillada y estúpida de su frase. La misma que diría ante cualquier compañero, de cualquier institución.

Juan —¿Nos conocemos? Perdón, pero veo mucha gente diariamente y no soy bueno con las caras. —Ni siquiera lo miró.

Fernando —Sí, soy Fernando Pérez. Hicimos casi toda la carrera juntos. ¿No te acordás?

Juan —Sí, ahora que me lo decís, me acuerdo. ¿Cómo estás vos?

Fernando —Muy bien, tirando. ¿Tenés tiempo para tomarnos un café y me contás qué fue de tu vida?

Juan —Disculpame, pero no. Hoy tengo la agenda explotada. Y, además, ya vengo tomando uno. Pero decime, ¿te recibiste al final?

Juan miró el reloj. No le interesaba demasiado seguir la conversación. Por educación decidió quedarse unos minutos más.

Fernando —Sí, sí, un año después que vos. Terminé siendo profe, así que me dedico a la educación. Una profesión hermosa, pero muy mal paga. Doy algunas clases particulares también para poder llegar a fin de mes. ¿Dónde estás laburando?

Juan —Soy gerente de Contabilidad y Finanzas del Grupo Macro. Hace diez años que trabajo allí. Justo después de recibirme entré a la empresa.

Fernando —Me alegro mucho. Se nota que te ha ido muy bien en la vida. Decime, ¿tuviste hijos?

Juan —Sí, tengo dos. Nos organizamos bien con mi mujer para administrar el trabajo de cada uno. Ella también trabaja en un banco importante y tenemos una rutina muy aceitada.

Sus ojos se llenaban de brillo cuando hablaba de sus hijos. Quizás era el único momento.

Fernando —Qué bien. ¿Y cómo hacen? —El Negro tiraba de la correa para seguir con su paseo matutino.

Juan —Los nenes van al Cardenal Newman, en San Isidro. Mi mujer trabaja a unas cuadras. Los deja ella, a esta hora más o menos, y la combi los busca a la tarde.

Fernando —Sí, lo conozco de nombre. Tengo entendido que es un buen colegio. Bilingüe y, además, tiene uno de los campos de deportes más grandes del país.

Juan —Exacto. Sí, muy buenos profes. Buen nivel educativo y buen nivel de gente también. Eso es importante para el futuro. Les quiero dar las herramientas que mis viejos no pudieron darme.

Fernando —Me imagino. Por eso van todo el día. Se juntan y crean un círculo de amistades que los puede beneficiar en el futuro. Una red de vínculos. Y, además, ustedes pueden dedicarse a su vida profesional.

Juan —Sí, van muchas horas. Trato de compensarlos los fines de semana, cuando solo me conecto por temas urgentes.

Fernando —Y sí, es difícil, al ritmo que se vive hoy. Además, ustedes son un matrimonio muy exitoso, ambos en lo que hacen, y buscan este tipo de educación para sus hijos. Yo tengo una nena de ocho años y la mando a la 52.

Juan —¿La pública?

Fernando —Correcto. Sí, tuvo la mala suerte de caer en la escuela pública. Pero mi novia y yo somos profes; no podemos pagar una cuota de 1,5 millones de pesos. Sin embargo, la 52 tiene un muy buen nivel educativo y es abierta a todas las clases sociales. Tiene una buena diversidad de alumnos.

Juan miró el reloj por segunda vez.

Juan —Sí, sí, claro, también es importante. Un gusto verte. Me voy, que no llego. Tu perro quiere seguir. Yo también tengo uno. Un bulldog francés.

Fernando —Dale, no te molesto más. Una última pregunta te hago: ¿en qué momento una persona tan exitosa como vos pasea a su perro? Supongo que estás todo el día afuera.

Juan —No entiendo tu pregunta.

Fernando —Es bastante simple. ¿En qué momento paseás al perro?

Juan —No tengo tiempo para esas cosas. El paseador pasa dos veces por día y lo saca él. A la noche llego cansado, así que ya no sale.

Fernando —Ahhh, entiendo. Tenés un perro, pero no lo paseás porque no tenés tiempo. Entonces le pagás a otro para que lo haga. Es inteligente de tu parte.

Juan —Sí, tengo mucho trabajo. Soy una persona ocupada.

Fernando —Claro, entiendo. Debés volver a tu casa cerca de las ocho.

Juan —Sí, puede ser.

Fernando —Y, si tenés cierre, quizás hasta más tarde.

Juan —Sí.

Fernando —Todo sea para darle una mejor educación a tus hijos.

Juan —Exacto. Vos, como profe, debés tener mucho tiempo libre, además de dos meses de vacaciones. —Su voz adquirió un tono agresivo y soberbio.

Fernando —Sí, tengo bastante tiempo libre. Me levanto a esta hora a pasear al Negro, vuelvo a desayunar con Ana y la nena. Ella se va a trabajar y yo me quedo hasta el mediodía para llevar a mi hija al colegio. De ahí me voy a dar clases y, tipo las seis, ya estamos nuevamente los tres en casa. No soy una persona exitosa como vos, pero me gusta mi vida. Como vos bien decís, tengo tiempo libre.

Juan, decididamente enojado por las palabras de su excompañero, siguió derecho sin saludar.

Fernando se quedó estático, miró al Negro con esa extraña mirada cómplice que solo tienen los perros de la calle. Giró y le gritó:

Fernando —¡Juan, esperame un segundo!

Juan giró. Sus ojos denotaban una profunda ira.

Juan —¿Qué querés? Me tengo que ir, te dije ya.

Fernando —¿Querés que te pase el número de un paseador de hijos?

Juan frenó un taxi, subió y se perdió en el tráfico de la avenida Córdoba.

Fernando sonrió, un poco satisfecho en su soberbia, y continuó caminando.

Al llegar a la esquina se encontró con su familia. Habían salido a buscarlo, cansadas de esperar el desayuno. Se había olvidado de las medialunas.

Mientras la nena le recriminaba el olvido, el Negro movía la cola y los tres doblaron por Azcuénaga, camino a la panadería.

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